Cuando el punto más oscuro está bajo la lámpara

Por Horacio Zabala

Desde un punto de vista simbólico, el viaje no es jamás el mero tránsito de un lugar a otro. Viajar es buscar y descubrir, experimentar y cambiar. Los héroes son siempre viajeros solitarios que combaten con monstruos implacables, se pierden, naufragan y padecen la hostilidad de los dioses. Finalmente, son los que logran pasar de las tinieblas a la luz. Es el atardecer. El viento sopla e infla las velas, estamos bien orientados. Tenemos un deseo ferviente de llegar a destino, tenemos fuerza, valor, resistencia y tenacidad, tenemos una promesa que cumplir y la última plegaria que decir. El viento sopla e infla las velas pero no hay barco.

Esta ausencia brutal (esta falta de sentido) entre otras ausencias que desconocemos, motivó tu decisión de acceder de inmediato al cielo pleno de estrellas. Tu acción (imperdonable) debe ser vista como una elección libre, voluntaria y meditada. Digamos que solamente una lente de aumento (un obstinado visor) nos ofrece la posibilidad de enfocar tu visión muy personal de la existencia y tu salto al vacío.

Los animales no inventan. Tanto un telescopio como una canción de cuna son invenciones humanas. La historia nos dice que Leonardo da Vinci (1452-1519) antes de pintar la Gioconda, estuvo al servicio de César Borgia como ingeniero militar. En esta circunstancia, pensó (dibujó, soñó, estudió, inventó) una suerte de aparato estrafalario capaz de volar gracias al viento. No sabemos si llegó a construirlo ni cuáles fueron sus presentimientos al respecto. Hoy, este anteproyecto exige ser visto como un célebre antecedente del desarrollo y aceleración de la tecnociencia y de su correspondiente estética de la catástrofe.

En nuestra civilización del espectáculo integrado y la imagen permanente, la misma estética catastrófica (y a la vez trivial) se verifica no sólo en múltiples objetos, discursos y sistemas, sino también en la mirada egoísta y hedonista del sujeto que los perciben, así como en las actitudes homogéneas, neuróticas y repetitivas de la vida doméstica. “…te lo dije que te quedarías sin trabajo, que no llegaras tarde a casa, que estoy harta
de tus quejas, que estás cada día peor, que no te aguanto más. Te lo dije que te quedarías sin trabajo, que comieras más despacio, que no llegaras tarde a casa, que estás mal vestido. Te lo dije que no te aguanto más, que te quedarías sin trabajo, que no vuelvas tarde, que tenés malos modales, que cada día estás peor, que no te aguanto más”.

Un video registra los movimientos repetitivos de un roedor que no puede dejar de disfrutar, aparentemente, de una rueda giratoria que lo encierra eternamente: una muralla china diseñada a su medida. Una instalación está pensada con dos objetos, un fusil con un monocular incorporado y un reloj cucú con su correspondiente pájaro que, a intervalos exactos e insoportables, aparece y dice “cucú”. O sea, lo convierte en una presa fácil para cualquier criminal.

Mi querida, aunque insistas y repitas una y otra vez los mismos pasos de baile, jamás alcanzarás levedad, dignidad ni gracia. Pobre ángel, por más que gires y gires una y otra vez, tus pasos jamás lograrán superar la torpeza de tu cuerpo. Aunque escuches la canción de amor no correspondida y la vuelvas a bailar una y otra vez, jamás sentirás ni comprenderás mi amor. Para utilizar una expresión hindú, estás perdida para siempre en la rueda de las reencarnaciones. Nadie te manda cartas ahora, sólo recibirás mis flechas envenenadas.

El globo está ubicado en un cul-de-sac, debido a que el artista considera que éste es propicio para que aparezca una experiencia estética. Esto es, para que en un espacio sin salida, se despierte un estímulo (in-definible) en mi memoria e imaginación, en mi sensibilidad y conocimiento, en mi cultura visual y mi concepción de las cosas del mundo. Es evidente que Fernando Lancellotti ha querido “intencionar” al globo no sólo con su forma, color, movimiento y emplazamiento, sino también a través de las palabras que constituyen su título: Quizás no vayas a ninguna parte.

En resumidas cuentas, en esta ocasión se impone como mínimo una pregunta: ¿quién es el que quizás no vaya a ninguna parte?. Pues bien, los vértices de un antiguo triángulo señalan las posibles respuestas: 1) el artista, 2) la obra de arte, 3) el espectador.