Caja negra, rutinas, fantasmas

Por Eva Grinstein

Hace menos de dos años, Fernando Lancelotti mostraba en el Centro Cultural Recoleta los trabajos de una serie que tituló Demasiado fugaz. Se trataba de enormes figuras negras que representaban a personajes anónimos, cotidianos, numerados mediante un mecanismo con sensor que acrecentaba las cifras a medida que el observador pasaba frente a ellas. La relación entre los números –símbolos paradigmáticos de un orden racional– y las personas –cúmulo de sentimientos y pasiones difíciles de racionalizar– provocaba una tensión de sentidos tan ineludible como incómoda.

En su actual presentación, Caja negra, números y personas vuelven a aparecer vinculados aunque con nuevos elementos en juego. El espacio está en penumbra y nos obliga a concentrarnos en ocho tubos iluminados, dispersos por la sala. Cada uno de ellos combina imagen y sonido: de un lado, se lee un brevísimo texto en el que aparecen asentadas una localización geográfica, una fecha y un horario; del otro lado, se escuchan voces, melodías o ruidos que rápidamente tendemos a asociar con los datos consignados al otro extremo del dispositivo. Registros de acciones. Retratos de momentos. Fijaciones de algo que pasa.

Atención al cliente: la voz grabada de una locutora repite el loop de las opciones que el banco permite realizar a través de su teléfono. Subte Línea D: el enfermo de sida pide la colaboración de esos mismos pasajeros que ya no lo miran sin escucharlo porque lo ven todos los días, a la misma hora, recorriendo los vagones. México 308: alguien cierra una puerta, se escucha un ruido líquido, luego las señas inconfundibles del depósito de baño llenándose tras tirar la cadena. Actividades cotidianas, frecuentes hasta la invisibilidad. El artista las recorta del entorno y las trae a la sala, las señala con el naranja fosforescente de las cajas negras de los aviones. Las propone como testimonios casi físicos de lo que no se ve.

La caja negra del avión, un fantasma en la imaginación colectiva –nunca hemos visto una, es apenas una referencia asociada con catástrofes y noticias macabras– es la imagen, real o simbólica, que envuelve este trabajo de Fernando Lancelotti. Aunque cada pieza revela una escena la instalación no puede ser considerada una pieza narrativa; no hay relato ni conflicto a resolver. Sólo el tiempo repitiéndose a sí mismo, seres humanos repitiéndose a sí mismos, rutinas haciéndose rutina para ser, como la caja negra, fantasmas nunca vistos y sin embargo conocidos.