Lancellotti ilustra lo fugaz del tiempo

Escribe Jorge Glusberg

Los pitagóricos supusieron que los números son la esencia de las cosas; dos mil años después, los renacentistas afirmaron que la realidad podía ser representada por números. A lo largo de este siglo, los adelantos de la civilización terminaron por invertir y parodiar las conclusiones de los pitagóricos y renacentistas: ahora, los hombres son la esencia de los números, que no representan la realidad sino la producen, la afianzan y la prolongan.

Transformados en cosas, los seres humanos son simples números, enunciados en estadísticas cada vez más precisas y cada vez más abundantes. Tomemos el caso de de la población mundial: crece a al ritmo de 80 millones de habitantes por año, o sea un promedio de 219.000 por día, esto es 3 habitantes por segundo. Hoy, 1999, ocupan el mundo 6.000 millones de personas; serán 8.000 millones dentro de veinticinco años, aunque se presume que pueden ser nueve mil millones, ya que la tendencia del aumento demográfico viene acelerándose más y más.

El artista argentino Fernando Lancellotti –que está exhibiendo en el Centro Cultural Recoleta- plantea el tema en su instalación “Demasiado Fugaz”. El título es alusivo, en verdad, de la vida humana en las sociedades de nuestra época. Si cada segundo nacen tres personas, en diez segundos habrán nacido treinta: así, estas cantidades son de una transitoriedad espeluznante.

Pero esos tres individuos que vienen al mundo por cada segundo no son menos transitorios: no solo porque equis años después han de morir, sino también porque sus nombres se perderán pronto en el mar de datos de su país, del mundo entero, para ser sustituidos por un número: ante todo, el número de su documento que , por esos azares de la burocracia y del registro cívico, se llama de “identidad”, cuando su objeto es, inesperadamente, sepultar la identidad, aplicar la reglamentación, cosificar, anonimizar.

El término persona viene del latín y designaba a la máscara de actores, que encarnaban personajes teatrales. Acaso no somos otra cosa, por estar reducidos a números, que máscaras de actores: ya Shakespeare aludió a nuestro paso por un escenario, señalando que “la vida es un cuento lleno de estruendo y furor, contado por un idiota, sin ningún significado”. Lancellotti pone extremo cuidado en decirnos que nuestra civilización se interesa por cifrar, no por descifrar, por contarnos, no por conocernos.

Máscaras, números efímeros. Anotaciones que no duran. Estadísticas que las computadoras modifican a cada minuto. Individuos pasajeros, marcas volátiles. Eso somos: al pasar ante las siluetas negras que nos representan en escenas cotidianas, un dispositivo electrónico nos cuenta, nos convierte en un número, en otro número, demasiado fugaz, porque ese otro número cambiará con el espectador que nos siga, convertido también en un número, en otro número, y así sin cesar.

La instalación de Lancellotti se propone de este modo como un espacio teatral: al ingresar en él, nos observan desde las siluetas negras, iluminadas por detrás para resaltar sus contornos, seres humanos detenidos en gestos y posiciones comunes.