La historia de la pintura y la filosofía del movimiento

En San Telmo, a sólo una calle de distancia, Alberto Passolini y Fernando Lancellotti presentan dos formas distintas de relacionarse con el mundo

Por Julio Sánchez

Otro clima se respira en la vereda de enfrente, en la galería Wussmann, donde Fernando Lancellotti presenta una serie de pinturas, objetos e instalaciones con el nombre de Quizás no vayas a ninguna parte . El tema de la muestra es el movimiento, en el sentido más amplio del término, desde el simple desplazamiento hasta la vida concebida como viaje arquetípico. La primera obra que recibe al espectador es un acrílico sobre tela que representa una cama elástica, cuya lona contiene el recorte de un cielo nocturno. La imagen puede leerse como un salto imposible que catapulta al firmamento y se ancla -como la mayor parte de esta muestra- en la tradición de imágenes surrealistas. Al lado hay una pintura de un gran paraguas abierto, sin mango, con un extraño armazón de metal que parece arrastrarlo hacia abajo, contrarrestando la resistencia del paraguas-paracaídas. Otro cuadro tiene pintado un complejo velamen de un barco que no tiene casco; más arriba, en el extremo del techo, casi inadvertido, vuela un globo aerostático que ha perdido su barquillo.

Todo es así en la obra de Lancellotti, un viaje sin destino, un transporte que no conduce, y llega a su punto máximo en el video de un hámster que gira sin parar en su diminuta rueda. Moverse sin avanzar puede ser un razonamiento ilógico, pero no lo era para los monjes medievales que practicaban la peregrinatio in stabilitate , es decir, una acción sin movimiento, una peregrinación hacia adentro, sin salir del monasterio, pues no hacía falta peregrinar hacia Tierra Santa, bastaba seguir el camino de la perfección monástica. El equivalente oriental de este concepto (aunque con diferencias) es la "no acción", el wu wei de los taoístas, que proponen no actuar, pues el universo se encarga de hacer lo que hay que hacer independientemente de la voluntad del individuo. Con un lenguaje contemporáneo, Lancellotti aborda el viejo tema del homo viator , el hombre que viaja, el que está en tránsito hacia la morada definitiva.